sábado, 15 de febrero de 2014

Cihuapiltepetl y Sor Juana Inés de la Cruz

Cihuapiltepetl y Sor Juana Inés de la Cruz

Escribe este hermoso corrido inédito, el poeta chichimeca Andrés Ayocuax, dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz: la Décima Musa de América.

Cihuapiltepetl

La Doncella de la Montaña
Mujer de mis sueños,
Historia de mi raza,
La musa de mis mayores,
Rayo de luz que enlaza
El pasado, el presente.

La doncella triunfal:
Tecalli de cal y piedra,
Ofrendas y cantares.
Así hizo su guerra,
¡Oh hombres tutelares!
Que de rodillas queman
Una ofrenda de copal.

En el corazón de Cihuapiltepetl,
Como una esmeralda,
Ataviada de redondillas,
Cual blancura en la falda,
Así te quieren ver los hombres,
Cual chinampa aprisionada,
Te quieren abnegada.

¿Y se dicen guerreros?

Intrépida cual piragua
Que las olas cautivas
Acarician tus pies.
Imponente aurora,
Blancura de belleza,
Pétalos de suspiros,
Soberbia de princesa,
Manojo de alcatraces
Perfumados de sol.

Labriega herencia ferrea,
Te vio nacer Nepantla,
La niña de herencia ferrea
Florida agricultura,
Semilla chichimeca,
Perfume y hermosura,
Atrevida redondilla,
Captada por el clero.

Crepúsculo de historia
Teñida de agua helada,
Chimalli de mi patria,
Rincón de mi cariño,
Amor de luz primera
Al hombre como niño,
Dio encanto y alegría,
Mujer de mi ilusión.

Como hombre doy mi alma
Para engrandecerte,
Mi sangre como hijo,
Para defenderte,
Y como ofrenda de mi raza,
Mi vida y corazón
Andrés Ayocuax
1900
...

El guerrero chichimeca Ayocuax, comenta que la falla más profunda de los guerreros inmaduros, es que tienden a olvidar la maravilla de lo que ven; les abruma el hecho de ver, y creen que lo que cuenta es su talento. Un hombre maduro, debe ser un dechado del orden cósmico, con el fin de superar los obstáculos de la condición humana. Para la mujer libre, la mujer que se libera de las ataduras, más importante que ver, es lo que hace con lo que ve.

La doncella de la montaña alcanzó deliberadamente la conciencia total. En ese momento ardió desde adentro, el fuego interno la consumió, y en plena conciencia, se fundió con la conciencia humana y empezó a emanar ese amor cósmico que plasmó en todos sus escritos.

Yencuic Tlamach
./Con agradecimiento y respeto a mi maestro Artemio Solís Guzmán
.
.j.

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