domingo, 5 de junio de 2016

Temachtiani quiero decirte

Temachtiani quiero decirte


Temachtiani, quiero compartirte hoy, lo que me ha sucedido, siento que tiene tanto que ver en el camino que ando conociendo, el que en parte me has compartido tu, quizá te parezca, fuera de lugar, o tal vez, sea algo que tu me puedas explicar.

Hoy he visto que mi cerro, esta ahí desde antes que le diera valor a su existencia, fugaz como la vida misma, pero fuerte y real, he de tener por visto que su presencia es como si yo mismo estuviese ahí.

De lo profundo de su cueva superior, las pinturas de venados y coyotes, se mezclan en el cantar de los tiempos,  con figuras aladas diversas, rodeando la huella del jaguar, llenos de presencia, llenos de vigor, su imagen fresca aun, me lleva a sus caminos andados.

La serpiente se desliza suavemente, aflora por la cueva que se ve mas abajo, con lengua sincera pero atemorizante, deja que su cola repita el eco de su siseo, suave, rítmico, como el danzar de los que esperan la llegada del amanecer.

Mas visible que la superior, esta la razón, pero que sin el cantar del viento de la primera la segunda no es nada, y el eco de los vientos del campo, se entremeten por la segunda y tercera cueva que es la que parece dar equilibrio a la realidad.

Es aquí donde me quedo quieto viendo lo que hay, no tengo miedo al darme cuenta que solo percibo con los ojos, lo que en mi mente, es un mero punto infinitesimal pero es punto al fin, me siento pequeño, muy pequeño.

Duele en cierta forma, ser solo un esbozo en el paisaje, milenario terreno que ha visto lluvias y sequías, la caída de hojas de árboles milenarios, y el continuo reverdecer del pasto en el lugar donde mis pies, hacen un camino ya andado.

Allá a lo lejos, se escucha la voz del que siempre ha estado, del eterno sinodal de nuestro aprendizaje, que es el viento, se escucha como lamento en ocasiones , al suave contacto con las hojas, en un canto que a muchos adormece en la vasta infinidad de la quietud.

Y veo al pajarillo de la esencia azul, el que representa un sol azul por las tardes, sobre cielos rojos, a la izquierda de la voluntad misma que es la continua tradición, revoloteándola al sonido de su inconfundible voz, hui, hui, hui, me parece que me dice.

Mientras lo sigo embelesado por su movimiento, medio camino he  recorrido, parece que mi huaraches, se han amoldado a mis pies, como un símbolo del espejo humeante que es el andar a ciegas, sobre un terreno lleno de riquezas pero que aun no comprendo.

Pero también aquí he llegado a un punto extraño, no porque sea misterioso, sino porque a donde miro, tengo ganas de ir, mas no puedo entender porque no me decido, ¿Será que quiero no perderme nada, pero al no decidir quizás lo pierda todo?

Sentí ganas de sentarme en el prado bajo la sombra del árbol, un árbol en la cima del cerro, rodeado de otros como el, pero no decidía,  porque también ansiaba sentarme en la roca a la orilla del voladero, justo abajo y enfrente de donde los árboles estaban, y sin ser menos, deseaba ir en dirección contraria, ahí donde un pequeño espejo de agua parecía decirme “acércate”.

No supe que hacer, hacia tres lados, mis sentidos deseaban ir, al mismo tiempo, con la misma fuerza, ¿Por qué este sentimiento tan extraño?, deje que mi cabeza se enfriara un poco, cerré los ojos, esperando de la serpiente el, siseo, pero la serpiente no hablo, en tanto el zumbar del abejorro, me despertó de ese instante de reflexión.

Tuve que agradecer al pequeño hermanito que revoloteaba en las proximidades de mi cuerpo, el me hizo tomar un camino de los tres que me habían sido deseados solo unos instantes antes, este camino llevaba a los tres puntos, tal ha sido la suerte de conocer la voz del jicote.

De lo alto del cerro, sentado en el árbol disfrute un rato el tiempo mismo que parecía haberse detenido, sintiendo la brisa del viento que en momentos se ponía helado, cantando con fuerza, levantando la hoja seca disgregada por el área.

Mi mente en blanco solo podía sentir la naturaleza misma rodeándome, cuidando mis pasos, mientras bajaba, hasta esa roca en la orilla del cerro, quitando mi deseo de alejarme del voladero, sabedor que era momento de vencer esa pequeña ansiedad.

Silbe al compás del sinodal, el viento que no dejaba de acompañarme, rodeando en ratos mis esfuerzos, y en ratos haciéndome girar la vista a uno y otro lado, hasta que llegue al ojo de agua, ese espejo que pequeño se veía desde arriba, pero de cerca fácilmente me reflejaba por completo.

Me quite los huaraches, entre en la orillita, sintiendo el agua acumulada, mas allá de mi propia resistencia a no superarla, ese miedo primigenio a que el agua te puede relajar tanto que en el puedes sumergirte a un sueño eterno.

El medio día ha pasado, debo regresar al tiempo actual, y dejar este momento en el recuerdo, solo fueron unos pasos, solo unos momentos, pero uno tras otro, han sido tan sencillos como maravillosos, y me he prometido que debo regresar a realizar todo de nuevo.

Espero que ese día, también  cante el colibrí, que crickee el grillo, que silbe la serpiente, que me acompañe el canto del gavilán o el graznido de la urraca, simplemente para decirme, “la voluntad es el mayor tesoro que tenemos”.

Por eso Temachtiani, hoy quería contártelo, fue algo especial, fue algo distinto a lo que siempre me sucede cuando al cerro subo, porque la mezcla de deseos y cumplirlos todos en un rato, ha sido un momento de paz y armonía para mi, como hacia mucho no tenia.

Quizás no entiendas porque te agradezco, quizás, yo soy aun muy soberbio y creo que no lo entiendes, y realmente me podrías decir que me paso el día de hoy, donde tres cosas hice, en un rato tan largo, y ni cuenta me di que el sol avanzo de la mañana a descansar al regazo de su madre.

He vuelto con una sonrisa, que nadie podrá arrebatarme, y esa sonrisa es la que te agradezco, a ti, Temachtiani, que me has enseñado tanto, a ti, que eres a la vez como tus hermanos, Tezcatlipoca y  Quetzalcoatl azul, al  que otros conocen como señor de la guerra, en esta tu fecha, tu regalo mas grande es recordarme que si la vida de vivir, no debo dejarla ir en el punto de las decisiones, y tomar siempre un camino  donde se que existe tu presencia como reflejo de mi existencia.

Con agradecimiento al colibrí zurdo, el que muestra voluntad y decisión, Huey Huitzilopochtli.

Quiauhcoatl Tlacatecolotl
Tlachcocan in Tlazohtla
Panquetzaliztli 2011

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